Lo pensé
mucho, en si poner por escrito mi recién experiencia de carrera dolorosa o si
dejarlo mejor para ocultar, al final a mí misma, la dura realidad del fracaso.
Al final le voy dando tantas vueltas al recuerdo, que prefiero sacarme la
espina ya para poder concentrarme en el cotidiano y encontrar otra vez esta ilusión,
estas ganas de correr todas las ultras de este mundo antes de tocar el cielo.
Principio
de Marzo: Transgrancanaria. Finales de Abril: Ultra Trail de Barcelona.
Principio de junio: Volta a la Cerdanya 87K. Parecía como lógico correr el Cami
de Cavalls en Mayo, tal como lo hice la primera vez, sin pensar en correr, sino
en “descansar”, haciendo este viaje que me quedaba en la mente como algo
bastante fácil y muy bonito.
Nada más
llegar a Ciutadella para recoger el dorsal con número 2, me sentía observada.
Me pedían interviews, me sacaban fotos junto con Mia Carol el ganador absoluto
del año pasado. Aunque no sea especialmente supersticiosa, en aquel momento empezaba
a sentirme presionada. Intentaba bromear y reír. Las emociones en mi cambiaban
de un estado al otro. El angelito me decía de ser sincera frente a mi estado,
el demonio me dejaba sentirme fuerte y
segura. En la salida jugaban los dos
ping-pong en mi interior. En el último interview antes de ponerse a correr, conseguí sacar tonterías, mientras al mismo tiempo me
daba interiormente cuenta de lo absurdo que era lo que contaba.
Y así ocurrió, nada más empezar a correr me puse muy seria. No, lo del viaje era ahora mentira. Sentía todos estos ojos como girándose hacia mí y sabía que me querían ver competir, porque me veían y trataban como una “campeona”. Pensaba en mi familia, en la ilusión que le daba que volvería a casa, como casi siempre, con un trofeo. Me imaginaba a mis amigos pasándose la noche delante del seguimiento on-line y comentando mis pasos en Facebook, sin que yo me pudiera enterar de nada. Los primeros kilómetros se corrían sobre asfalto y el ritmo al que me llevaba Juandi era bastante rápido. Allí ya tenía la garganta tan seca, que me recordé que había tenido una bronquitis unos días antes y que ahora me ahogaba porque tenía los bronquios cargados y no podía respirar de manera normal. No me podía poner a beber ahora! Intentaba tragar y sacar mucosidad, mientras el sudor me empapaba los ojos. Encima hacía calor! Qué horror!
Llegue al
primer avituallamiento bastante bien. Allí me deje rellenar el bidón de una isotónica
con un sabor extraño para mi gusto. Por primera vez en una carrera sentía ganas
de vomitar. Seguí andando comiendo un trozo de plátano e intentando borrar la
mala sensación en la barriga. Juandi iba delante de mí y le veía bien de
piernas. Me daba envidia verle correr así y mientras más analizaba su pisada,
cuando más me sentía envejecer. Mi cuerpo pesaba tanto que me costaba levantar
los pies. Estos mismos empezaban a dolerme y en aquel momento recordé que todavía
tenía una tendinitis en el empeine del pie izquierdo. Me la había ocultado a mí
misma, hasta había pensado que cuando más correría, cuanto menos dolores tendría.
Mientras pensaba esto, recordaba a la chica quien me adelanto e iba primera, la
Laia Diez Fontanet – este nombre seguro que lo oiremos más en el futuro – y
ella corría tal cual como me hubiera gustado hacerlo: segura, fuerte, elegante.
Me daba bastante igual porque sabía que quedaban muchísimos kilómetros y podía pasar
mucho.
Mi
llegada al segundo avituallamiento fui épica. Mientras intentaba mover hacia
delante en subidas y bajadas de rocas, el cuerpo retomaba su poder sobre mí, dándome
un pinchazo en la zona del glúteo derecho que poco a poco se dejaba sentir en
toda la pierna hasta el exterior del pie. Genial. Había conseguido casi paralizar
a mis dos piernas. Encima me dolían los lumbares, me subía la migraña…
Mi idea
de correr el cami de cavalls bajo 30 horas se había volado hacia el sol que parecía
reírse de mí. Cuando tome la decisión de parar antes del desmayo moral, no me
interesaba nada, ni los paisajes bucólicos, ni el color del mar tan limpio. En
la pintura del cuadro solo veía una abuela completamente sudada, con artrosis,
tonta.
En los
momentos malos, es cuando más se aprende me han dicho. Sobre todo he aprendido
que hay cosas peores en la vida que parar a tiempo practicando su hobby. Pero la lección para mi queda: no salgas a correr 185Km cuando no el cuerpo no este bien recuperado.
Muchísimas
gracias a todos los corredor@s que acabaron o intentaron acabar esta prueba, que
las condiciones climáticas pusieron aún más dura. Al haber vivido el Cami
entero ya una vez me siento muy unida a los destinos de las almas conocidas y desconocidas.
Vivir una ultra es también vivir una
prueba de humanismo.



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